Miércoles, 27 Julio 2016 08:54

‘Defender’ no es lo mismo que ‘vengar’ su felicidad - columna "Lingotes de felicidad", Centro, México

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En legítima defensa de la felicidad Hay adultos que cuando toman la resolución de ser felices comienzan a bombardear con arengas de autoayuda y uno a veces no sabe si está ante un sociópata o si sólo es su amigo de siempre pasando por un trance existencial muy duro: “Lo declaro: de ahora en adelante, primero yo y mi felicidad”; “No esperes nada de nadie para que no te decepcionen”;

No necesito a nadie para ser feliz” y así en una progresión alucinante que podemos observar en primera fila por la magia difusora de las redes sociales.

Gracias a Facebook (y a Twitter y a Instagram y a todo eso), no sólo sabemos en qué andan los demás sino –cosa que es mucho más interesante-, podemos saber qué piensan las personas de las cosas que les pasan. Dado que me caracteriza una irresistible curiosidad por la gente, estoy en todas las redes sociales que encuentro llamativas. Y tanto en esas cuentas como en mi oficina de coach el fenómeno que se ve es el mismo: estamos confundiendo la legítima defensa de nuestro bienestar con su venganza. Y no hace falta haber estudiado Derecho para notar la diferencia; sólo hace falta sentirse herido para confundirse. Por eso este es un tema tan importante. En la vida diaria ocurren cosas que nos causan daño o que podemos intuir con facilidad que nos lo causarán. A todos nos pasa: un ladrón en la calle; un abusador emocional en la oficina o en nuestras relaciones personales; un indiscreto que revela una información que nos avergüenza; alguien que nos engaña, etc.

Independientemente de cuál sea la hipótesis que describa su caso, le propongo que imaginemos que usted se encuentra bajo la égida de un jefe maltratador para seguir avanzando en la idea central. Actuar en legítima defensa de su bienestar significa que usted hará algo para ponerse a salvo de las ocurrencias de su jefe siempre y cuando (i) la agresión esté ocurriendo ahora mismo o se vea venir irremediablemente y (ii) se trate de una cosa que usted, honestamente, sepa que no merece que su jefe le haga. En tercer lugar, mirando ahora la legitimidad de su defensa, es muy importante que lo que sea que usted haya decidido hacer como reacción al abuso del jefe sea proporcional a lo que él hizo o, mejor dicho, tenga en cuenta que la respuesta contra su jefe será admisible si es mesurada: no sea usted de esos que usan una pistola para matar una mosca porque justo ahí es donde se le complica la vida. Nos salimos del campo de la legítima defensa y en cambio nos pasamos al de la venganza cuando, siguiendo con el mismo ejemplo y en el mismo orden, tomamos acciones sobre cosas que el jefe hizo ya hace un tiempo (¡a veces años!); o cuando reaccionamos ante cosas indeseables que nos pasaron porque nos las ganamos (pensemos en alguien a quien suspenden por haber llegado borracho a la oficina).

Debe saber que también se está usted vengando si en lugar de salvaguardarse del jefe ruin, busca castigarlo aplicándole su propio sentido de la justicia, devolviéndole un mal a cambio de otro mal. A menos que su trabajo sea el de juez (y ni siquiera así porque los jueces no resuelven sus propios litigios), recuerde siempre que su rol no es el de ir por la vida aconductando humanos a su manera. Nada de eso: el ánimo de venganza es de lo más corrosivo que usted pueda alojar en su corazón y con el corazón corroído no se puede ser feliz. Los colegas abogados que leen esta columna habrán notado que lo que hice esta vez fue desarrollar los elementos de la legítima defensa como eximente de responsabilidad. En efecto, es una de mis figuras legales favoritas. Funciona con el jefe pero también con el cónyuge, con el hijo, con el hermano, con el colega y/o con el perfecto desconocido. En resumen, si de verdad quiere ser feliz tenga presente que su necesidad no es fulminar a su jefe. Sé que me arriesgo mucho con lo que voy a decir pero, muy posiblemente, su necesidad es que él deje de importarle tanto. Mueva las fichas que necesite mover en su ajedrez para restablecer el orden de su vida pero no arrase lo que se le salga del libreto. Y tampoco se victimice: a usted no le hace falta un milagro para poder ser feliz. O de pronto sí pero el milagro en ese caso no sería que cambien las circunstancias sino que usted cambiara la forma en que percibe la vida porque, una vez más, querido lector: la felicidad no es una meta, es una decisión.

Columna publicada en el periódico “Centro”. Puebla, México, el 21 de julio de 2016. Enlace a la publicación del periódico haciendo click aquí: sexto lingote de felicidad de Sylvia Ramírez 

Conferenciante internacional de Felicidad y Personal Branding Coach Ejecutivo – Coach Personal @SylviaRcoaching 

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