Viernes, 03 Junio 2016 11:25

Cada domingo es 31 de diciembre - o "Cuando cambié de vida"

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Foto: José Arturo López

Foto: Jose Arturo López

El 3 de junio de 2012 fue un domingo y como los domingos para mí (sentimental de línea dura) son como pequeños treintayunos de diciémbreseses, respiré hondo y finalmente me animé a dejar atrás todo lo que conocía, no en pos de la certeza de que afuera algo mejor me esperaba con los brazos abiertos, sino tras la ilusión de sentirme viva por el sólo hecho de salir a hacer mi propio camino. En otras palabras, hoy celebro que hace cuatro años, lejos de hacer como el mico que sólo suelta su rama cuando tiene la otra bien agarrada, yo me solté por la sola dicha de soltarme.

Y todavía balanceándome en mi nueva rama sólo miro hacia adelante y sonrío. No más. No sé más. Con el equivalente en pesos a unos veinte mil dólares en el banco (que eran mis ahorros de toda la vida), mi ropa enrollada dentro de mis carteras, mis joyas en latas de galletas, mis libros y mis discos bien empacados, regresé a la casa de mis papás luego de una conversación absolutamente amorosa y respetuosa con quien fue mi marido por tres años. En el curso de la semana que comenzó ese domingo cambié de estado civil (estaba casada con un hombre maravilloso con quien, sin embargo, tuve que aceptar que no tenía un proyecto de vida en común); renuncié a mi cargo de gerente en la firma de abogados de mi familia y renuncié a los poderes que tenía como abogado. Veintisiete años contantes y sonantes: ese era mi principal activo. Mi papá, amoroso y lúcido, como siempre, estuvo en silencio unos diez segundos. En fin volvió a enfocarme con los ojos y dijo: “Totis: como yo soy absolutamente ‘Sylvista’, estoy de acuerdo con los cambios que estás haciendo. Ahora lo que quiero es que me digas cuál va a ser tu proyecto de vida. Y no porque necesite que produzcas con qué pagar la cuenta del agua de la casa; ni más faltaba: mientras yo esté vivo a ti no te va a faltar nada. Si quiero que me cuentes cuál es tu proyecto, es por ti; porque quiero saber cuál va a ser tu plan de vida feliz”. Plan de vida feliz. Antes de oír a mi papá hablando de felicidad y de mí en una misma frase esa ni siquiera me parecía una posibilidad. Para hacerla corta, desde ahí comencé a estudiar en la universidad las cosas que estudiaba por gusto y por mi cuenta desde que tenía unos quince años. En gran parte por eso es que ahora soy tan feliz. *(En este enlace está el resumen de lo que he estudiado en mi nueva vida pero no se distraiga con eso ahorita; déjeme terminar de contarle el cuento y luego sí. Ver el perfil profesional de Sylvia). Ahora que ya tengo una historia para contar como emprendedora (en cuatro años son muchos los cafés que uno toma imaginando cuál será la siguiente movida), más que pensar que he sido una persona con suerte, me gusta creer que el Universo (o Dios, o lo que corresponda según el gusto cada quien) me ha ido libreteando las escenas tal como he necesitado vivirlas; no tanto para ir aprendiendo lecciones sino, fundamentalmente, para ir teniendo la ocasión de experimentar verdaderamente quién soy yo. Digo esto de la buena fortuna porque mi camino como emprendedora ha estado rodeado de circunstancias excepcionalmente favorables: por ejemplo, si bien es cierto mis certezas financieras se limitan a saber cuánto tengo que pagar por mis cuentas cada mes –y nunca sé cuánto voy a ganar o siquiera si voy a ganar algo-, es igualmente cierto que en estos cuatro años no he tenido que preguntarme cómo voy a comer al día siguiente. Y esa es una ventajota que agradezco cada día porque nunca, ni siquiera una vez, he tenido que sentir que hago lo que hago pensando en lo que me van a pagar sino siempre con la felicidad de saber que cuando subo a cada escenario estoy a punto de hacer algo que le da un sentido especial a mi existencia. Eso es importante porque el corazón del emprendedor es una ficha clave. A pesar de que mi emprendimiento fue algo tardío (porque con veintinueve años estaba comenzando a hacer lo que muchos comienzan a los veintidós: vender el producto de mi vocación, o sea, mis conferencias), al tiempo ha habido decenas de personas influyentes que han creído en mí y me han dado lo único que un emprendedor necesita cuando sabe que tiene algo bueno que ofrecer: una oportunidad. Un micrófono y un proyector en un centro de convenciones. Iniciar una cátedra de Felicidad en una universidad seria. Un espacio en la radio independiente. Siete minutos al aire en vivo en un canal de televisión internacional. Y en la meditación grande de cada domingo miro mentalmente a cada una de esas personas a los ojos (las recuerdo a todas, absolutamente a todas) y desde el corazón les digo gracias. Mil veces gracias. Y a propósito del corazón y de mi nueva vida y de mi estado civil y esas cosas, ahí voy. Aunque el ensayo que hice de casarme a los veinticuatro años no salió como pensaba y no he vuelto a casarme, sigo creyendo que la vida bonita es en pareja y cuando me invitan a las ceremonias de la gente se anima a contratarse pongo todo mi entusiasmo en desear sincerísimamente que les vaya bien. Tal vez un día la vida vuelva a repartir mis cartas y otra vez sea el turno mío. Ojalá. En resumen, este 3 de junio siento muchísima felicidad de pensar en el salto que di. Y mis conclusiones preliminares –para quienes estén pensando en hacer algo parecido- son: (i) nada va a salir como usted cree que va a salir; (ii) con toda seguridad el resultado va a ser más chévere de lo que imaginó, con la condición de que se disponga a abrazar la incertidumbre con los brazos –y con los ojos- bien abiertos. Sé que el camino del emprendimiento no es para todo el mundo (ni hace falta ser emprendedor para ser feliz; ¡qué tal! Esta sólo es una historia de un humano más) pero, por favor, si un rollo como este que le acabo de contar es el suyo, láncese. En fin y al cabo “Sólo los dispuestos a morir, vivirán”.

  Por: Sylvia Ramírez Rueda Conferenciante internacional de Felicidad y Personal Branding Coach Ejecutivo – Coach Personal @SylviaRcoaching 

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